Presentación del libro «El retrato de Clara»

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El retrato de Clara se presentó al público en Àtic, la terraza del Palau Alameda, con gran afluencia de público, el martes 22 de septiembre de 2020.

Más de ochenta personas arroparon a María, cuya introducción corrió de la mano de Teresa Vicente Jordá, doctora en Derecho, y Paz Navarro, su editora.

Aquí os dejo las primeras páginas que podéis empezar a leer.

Capítulo I

Siempre intuí que para que un sueño se haga realidad se necesitaría algo más que ilusión, pues nuestro destino es más endeble que la ligera pluma de un pájaro. Por ello, durante meses me dediqué, con determinación y esfuerzo, a preparar el viaje con el que siempre había soñado al tiempo que me encomendaba a medio santoral. Diversas estampas de santos y una imagen de la Virgen ocupaban una esquina de mi mesa; el resto estaba inundado por planos, folletos, postales, libros de arte… Pretendía conocer los horarios de los medios de transporte que utilizaría y sus correspondientes tarifas, el plano de la ciudad (descuartizado por barrios), los nombres de los museos, calles, restaurantes y monumentos ineludibles… Había reservado una habitación en el hotel más adecuado para mis propósitos, gracias a su ubicación, y planeado los recorridos que realizaría, cada día, con tal de exprimir al máximo las horas. No dejé nada al azar, nada quedó al alcance del arte de la improvisación. Esa minuciosidad, casi enfermiza, la había heredado de Clara Martí, mi abuela materna, una anciana de gran personalidad con la que compartí mucho tiempo durante mi más tierna infancia y que me dejó una huella imborrable.

Clara fue escritora, y no había cosa que gustara más que escucharla cuando leía en voz alta sus relatos recién escritos, un continuo fluir de palabras con las que inmortalizaba sus profundos pensamientos: unas veces a lápiz, otras con tinta china, pero jamás encontraba un borrón. ¡Con lo incómodas que me resultaban a mí aquellas plumas que se sumergían en un diminuto tintero en el que la abuela pescaba hermosas frases! Su plumilla era un anzuelo que siempre conquistaba algún sabroso pez. Ella confesaba que esa forma tan artesanal de escritura le inspiraba, pues en la superficie de aquel lago de color azabache veía reflejadas las historias que luego narraba. Y yo la creía, y clavaba mi inocente mirada en el interior de aquel frasquito, tratando de encontrar Dios sabe qué. Pero para mí aquel líquido enlutado no era más que un pantano turbio y cenagoso que jamás me reveló ningún misterio. La abuela decía que no me preocupara, que la inspiración llega cuando menos la esperas, aunque, probablemente, yo tenía otra misión en la vida.

Sin duda alguna, para mí Clara fue mágica. Con aquella estatura, que le hacía asomar la cabeza por encima de las demás mujeres de su generación, y su porte elegante, llamaba la atención allá por donde pasara. Su cabello parecía una nube de esponjoso algodón y sus iris, dos pedazos de iceberg. Cuando hablaba, gesticulaba de forma exagerada con las manos, huesudas, de dedos largos y exquisita manicura. Y fue precisamente en Florencia, la ciudad a la que yo me disponía a viajar, donde Clara descubrió su vocación de contadora de historias, como ella denominaba su arte literario. Modestia. Sí, la modestia fue una virtud que siempre ejercitó. Decía que el inmodesto resta mérito a lo que hace, mientras que el modesto lo engrandece. ¡Qué mente tan lúcida poseía! Era como un explorador que se interna en una zona escarpada sin miedo alguno y recorre el territorio con el ímpetu del valiente.

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