Mi primera Feria del Libro de Valencia y la experiencia de compartir caseta con uno de los grandes.

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Os voy a relatar cómo ha sido mi primera Fira del Llibre de València.

La tarde comenzó con algo de nervios. No sabía qué me iba a encontrar. Para mí, acudir a la Feria de Viveros a las cinco de la tarde era lo que para un torero debutar en Las Ventas;  máxime cuando yo, en el mundo de las letras, siento que soy una banderillera. Era mucha la incertidumbre que me embargaba, el miedo de que no acudiera nadie a verme, el temor de no estar a la altura…

De camino, pasé a visitar a Enrique Arnau, un magnífico compañero de fatigas y también de editorial cuyo libro tenía muchas ganas de comprar. Me alegré enormemente al saber lo bien que le iba. Enrique tiene un especial don de gentes, no en vano ha trabajado como comercial durante años, pero, además, yo intuí que Paz y sosiego debía de resultar una lectura interesante y amena. Me la dedicó y yo continué hacia la explanada algo más serena y confiada: no soy comercial, lo mío es sentarme delante del ordenador y dejar que mis dedos bailen sobre las teclas, pero a habladora, como me suelte, no me gana nadie. Así que cuando llegué a mi caseta y me encontré con la amabilidad de mis editores, Paz Navarro y Quique Olmos, y con Judith, la dulce comercial que se desvive por que todo salga bien, dejé atrás el miedo y saqué del bolso la confianza, el convencimiento de que, si la vida me había llevado hasta allí, lo mínimo que yo podía hacer era disfrutar de la experiencia. Y disfruté, y tanto que lo hice.

Las dos primeras horas compartí espacio con dos compañeros: Carles Arnal, escritor de un ensayo sobre el ecologismo, y David Salvador, que firmaba un cuento infantil. Al principio, estaba más cohibida; al rato, ya más suelta. La editorial NPQ me había brindado una enorme oportunidad: firmar un sábado por la tarde desde las cinco hasta las nueve; el primer sábado de la feria, además. ¿Qué más podía pedir?

Entonces comenzaron a llegar lectores y lectoras de todo tipo. Unos pasaban de largo porque tenían claro lo que querían; otros, se paraban, charlábamos y luego se iban; más de los que yo esperaba, me pidieron que les dedicara el libro y nos hicimos una foto… Pude conversar con gente encantadora y dar a conocer mi novela. Desampa, Ana, Eva, Pepa, Marlene, Jose, Irene, Inma… He olvidado varios nombres porque la excitación del momento es lo que tiene, te sube en una nube y te enturbia la mente, pero recuerdo muy bien sus ojos sonrientes, su amabilidad y consideración, lo que hablamos… El cariño que recibí esa tarde me dibujó en el rostro una enorme sonrisa que dos días después todavía conservo.

Desde primera hora de la tarde, había habido un ir y venir de lectores que deseaban coger número para asistir a la firma que Màxim Huerta realizaría de siete a ocho y media. Yo los entendía: disfruté enormemente con la lectura de La noche soñada y Con el amor bastaba. Su prosa, ágil y sensible, te cautiva, te envuelve, te hipnotiza…  Màxim tiene una virtud que pocos escritores poseen: cuando terminas de leer sus novelas sus protagonistas no desaparecen sin más, sino que se quedan contigo durante un tiempo como si formaran parte de tu entorno. A mi parecer, esa es la magia de la literatura.

Màxim es muy afortunado: tiene un público fiel, unos seguidores que no pierden la oportunidad de saludarle, que hacen cola desde bien pronto para asegurarse unos segundos de conversación, que le demuestran su cariño sin tapujos. ¿Creéis que es solo porque escribe bien? Yo pienso que no. Màxim me demostró su talla humana cuando, al llegar a la caseta, se presentó y me pidió que le dedicara mi novela, El retrato de Clara. Yo no daba crédito. Pero insistió. Y se la dediqué, y el me firmó Una tienda en París, que pronto leeré con todo cariño y con el recuerdo imborrable de lo allí compartido.

Os voy a contar una anécdota. Pepa, una lectora que tengo el honor de compartir con Màxim, mientras yo le escribía una dedicatoria, lo señaló y me dijo: «Tú si que eres valiente». Reí a carcajadas. Pepa tenía mucha razón. Medirse con un escritor de tanto prestigio es de intrépidos como mínimo. Pero es que el mundo es de los valientes, no de los pusilánimes. Desde que firmé el contrato con NPQ, supe que había apostado fuerte y que tenía que echarle valor a la situación. La realidad es que, cuando un lector te dice que ha disfrutado con tu libro, la satisfacción que experimentas no tiene parangón, y te impulsa hacia el teclado con la esperanza y la ilusión de seguir creando historias, de volcar sobre el papel tus vivencias o inquietudes, de dar voz a unos personajes que viven en la sombra, en algún recóndito y desconocido lugar de tu cerebro. Ahora, que te tengan el cariño que allí se respiró el sábado, desde luego, no tiene precio.

Reitero mi agradecimiento a los lector@s por el apoyo recibido; a la editorial, por su buen hacer, y a los compañeros, por su cariño. Os mando un afectuoso abrazo y espero que nos reencontremos en firmas futuras, que las habrá.

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