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Excepto algunos pocos, a los que encima tildaríamos de engreídos y vanidosos, la mayoría de las personas somos nuestro peor enemigo. Nos ponemos frenos y zancadillas, nos infravaloramos y cometemos el error de compararnos con otros a quienes consideramos más brillantes (que es muy posible que utilicen nuestro mismo patrón y, a su vez, estén comparándose con otros). Y así, nos sometemos a un juicio sumarísimo como si fuéramos el más severo de los magistrados.

Cada confinamiento lo vivimos con la esperanza de que sea el último y nos agarramos como a un clavo ardiendo al primer canto de sirena que escuchamos.

Protestábamos por vivir acelerados, pues ahora hemos podido frenar; deseábamos pasar más tiempo con los nuestros, pues, sin duda, lo hemos conseguido; no practicábamos hobbies por falta de tiempo, que ahora nos sobra.

Bueno, pues ya es hora de que vayamos viendo la parte positiva de la situación y sacando alguna enseñanza; si no, mal vamos, porque tanto sufrimiento no habrá servido de nada.

Después de ver cómo un simple virus ha puesto en jaque a toda la humanidad deberíamos dar importancia a las cosas que realmente la tienen y no a las naderías. Una vez más, comprobamos que la teoría del caos (el simple aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del planeta) se ha hecho realidad; o, lo que es lo mismo, una nimia partícula de código genético ha sido capaz de provocar una reacción en cadena que nos ha obligado a detener el mundo.

Siempre que no hayas sufrido una pérdida irreparable o que la enfermedad te haya dejado secuelas, podrás buscar una visión positiva a  esta tremenda situación y no formar parte del clan de los que prefieren quejarse de todo y meterse en un bucle que no los conducirá a ningún paraíso.

En confinamiento, como cuando las cosas vienen mal dadas, los paraísos te los tienes que buscar tú. Y puede que estén más cerca de lo que sospechas. Así que despliega tus hermosas alas de mariposa y vuela hasta donde te propongas. ¡Conseguirás mucho más de lo que imaginas!

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