La maravillosa Florencia

Comparte este post!

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on email

Al igual que a las protagonistas de mi novela, es una ciudad que me fascina.

La foto que veis la hice durante mi última visita.

Florencia es mucho más que la capital de la Toscana o una ciudad bonita. Como diría Clara: «Es la cuna del arte y de los artistas, de los poetas y los escritores más ilustres de Italia». Para mí, es un paraíso de hermosas calles, vastos museos, paisajes incomparables, manjares y vinos exquisitos, rincones con encanto… Disfruto paseando por esos adoquines, cruzando el Ponte Vecchio, recorriendo las salas de los Uffizi y la Academia, visitando iglesias como santa María Novella, san Lorenzo, el santo Espíritu o santa María del Carmine, almorzando en Procacci, comiendo en Buca Mario o merendando unas castañas asadas en la plaza de la República.

La primera vez que la visité podría decirse que fue en un viaje de chicas. Fui con mi madre, que ahora debe de estar vibrando de emoción recordándolo, y dos amigas: una suya y otra mía. La amiga de mi madre era pintora, la gran Polín Laporta, grande como artista y, más aún, como persona, y nos hizo recorrer toda la ciudad de cabo a rabo. Yo tenía 20 años. Pero 20 años del año 86, que no son los 20 años de ahora. Y aluciné con todo, disfruté de todo. Ya entonces, me enamoré de Paolo Uccello y su Batalla de san Romano, de la capilla Brancacci, del Duomo, de la plaza della Signoria, del mercado de la Paja…

Tuve la suerte de regresar en varias ocasiones más y, excepto el disgusto que me llevé por encontrar cerrado mi restaurante favorito, todo continuaba brillando con la misma intensidad.

La última vez que estuve, qué casualidad, también fue en un viaje de chicas. Acompañada por cuatro fantásticas amigas, recorrí la región y, cómo no, todos los rincones de su capital. Y pude comprobar que me impactaba igual que aquella primera vez: aunque hubieran pasado treinta años, que no es ninguna broma, su magia no ha hecho más que crecer. La única diferencia que encontré es que había muchos más turistas. Pero su arte y su sabor continuaban tan vivos y frescos como entonces. No hay nada mejor que apostarse junto al muro del Ponte Vecchio y observar el Arno y los reflejos que se forman en la superficie de sus aguas, subir al campanario de Giotto y admirar una panorámica de toda la ciudad, tomar un panini tartufati en Procacci o un tiramisú en la terraza del restaurante del hotel Palazzo Alfieri Residenza d’Epoca, relamerse con un helado en la cafetería Rivoire o con un capuchino en el café Gilli…

¡Qué ganas tengo de volver! Pero como, de momento, viajar no es posible, este fin de semana releeré El retrato de Clara y pasearé por esos lugares que tanto me entusiasman sin moverme de mi sillón. Te aconsejo que tú hagas lo mismo.

¡Buen viaje, querido lector!

EXPLORAR MÁS

Libros

LECTURAS DE ESTOS ÚLTIMOS MESES

  El otoño llegó a Valencia de la mano de una antipática Dana que, desde el año 2024, nos encoge el corazón cada vez que